Democracia, inclusión y participación en América Latina

Democracia, inclusión y participación

La democracia es acusada de encubrir, bajo un manto de igualdad formal e institucional, la desigualdad resultante de la economía y la sociedad capitalista. Ciertamente, la economía de mercado ha generado insatisfacción respecto al funcionamiento de nuestros sistemas políticos económicos, y esto ha contribuido fuertemente en la erosión de la fe en los valores democráticos. Apenas el 19% de los latinoamericanos* demuestra estar satisfecho con la economía de mercado, y un 80% dice estar disconforme con los niveles de desigualdad.

La pobreza latinoamericana, como en ninguna otra parte del mundo, está explicada por los altos niveles de inequidad. Es el subcontinente con mayor amplitud en los índices de desarrollo, donde la relación llega a ser 50 a 1 entre el 10% que más tiene y el 10% que menos. Reina el ‘accidente de nacimiento’, que marca las oportunidades y potencialidades en el destino de un individuo, y una disparidad que es consustancial al sistema capitalista.

No obstante, 150 millones de latinoamericanos dejaron de ser pobres en la última década, pasando a integrar la clase media. Esta conquista involucra a más de 1/4 de la población, y fue posible gracias a la presión ejercida por los ciudadanos para que se instrumenten políticas públicas que representen realmente sus necesidades. En la mayor parte de los países de América Latina, esa presión se expresó a través de nuevas formas de protesta (que son avaladas por más de 2/3 como método de defensa) y mediante revoluciones electorales que reconfiguraron los sistemas de partidos tradicionales.

Cuando un país persigue equidad e inclusión no se beneficia sólo un sector vulnerable, sino fundamentalmente la calidad de todo el sistema en su conjunto. Cuanto mayor es la desigualdad y la pobreza, más susceptible de control y manipulación es la sociedad por parte de las élites de poder. Cuanta más población es incluida en el desarrollo, más crece su posibilidad de presionar, articular, organizarse y mejorar la calidad de la democracia. El empoderamiento de las franjas sociales marginadas auspicia una democracia activa que presiona por políticas públicas a favor de la inclusión y la equidad, y esas políticas son las que hacen que la democracia pueda ser más activa. He aquí el círculo virtuoso para el desarrollo.

DEMOCRATIZAR LA DEMOCRACIA

Con el fin de los gobiernos dictatoriales comenzó en Latinoamérica un proceso de recuperación de libertades civiles y políticas, fuertemente demandadas por la sociedad. Y ese anhelo, a medida que era alcanzado, abría nuevos horizontes para el desarrollo de la democracia. La puesta en práctica de modelos económicos neoliberales y sus resultados en nuestras realidades periféricas desataron nuevas demandas sociales, exigiendo a la democracia trabajar ya no sólo sobre libertades, sino avanzar hacia la conquista de derechos.

Alrededor de 2/3 de los latinoamericanos están insatisfechos con el funcionamiento del sistema democrático, y entre sus principales demandas se encuentran reducir la corrupción, aumentar los canales de participación ciudadana, mejorar la transparencia del Estado, mejorar la equidad y aumentar la justicia social. No obstante, no se manifiesta ninguna nostalgia de autoritarismo, y más de 2/3 prefieren la democracia a cualquier otro sistema político.

América Latina pide entonces una democracia de mayor calidad, activa; los progresos son reconocidos, y se reclama más protagonismo. Se ha revalorizado el rol del gobierno, el rol de la política pública y el rol de la sociedad civil participando. Es una democracia sedienta de más democracia: cuanto más se la practica, más se quiere, porque más crece la capacidad real de influir sobre lo que sucede a favor de los intereses de la mayoría de la población. El 70% cree que la gestión pública debe estar a cargo de áreas fundamentales, como educación, salud y manejo de recursos estratégicos, y hay un amplio consenso sobre la importancia de la sociedad civil organizada como actor protagónico en la lucha contra la pobreza, a favor de los derechos humanos, la defensa de las minorías y la sostenibilidad ambiental.

Evolucionar hacia un sistema que, manteniendo su carácter representativo, permita a la ciudadanía expresarse a través de causes adicionales de participación -de carácter orgánico para poder incidir en forma permanente en ámbitos decisorios de las políticas públicas- es el gran desafío de la democracia del siglo XXI. En este sentido, instrumentos positivos son el presupuesto participativo, que permite a la comunidad organizada en asambleas distritales incidir sobre la prioridad de obras y servicios públicos en su territorio, y la banca del vecino, que habilita a cualquier ciudadano a presentar y exponer ante el Concejo Deliberante, ya sea a título personal o en representación de una entidad, cualquier inquietud o proyecto.

Elegir a nuestros gobernantes es decisivo, pero nuestro compromiso ciudadano no termina con nuestro voto. Es preciso controlar, de forma activa, interesándonos por la cosa pública y fomentando el debate en todos los ámbitos. Renegar de la democracia y sus alcances implica la responsabilidad de proponer un sistema superador, y despreciar la política es no comprender que cambiar la realidad demanda participación. La cultura de la parálisis, de aceptar la realidad y abstenernos de cambiarla, debe ser superada. La democracia depende, en gran medida, de que cada uno de nosotros la fortalezca y la cuide participando todos los días.

* Todos los datos estadísticos de esta nota son tomados del estudio de opinión pública Latinobarómetro.

Sobre el Autor: Agustín Calvo Castilla

Agustín CALVO CASTILLA // Director de Proyectos APRONAD Costa Rica desde 2011 // Economista. Coordinador y director de proyectos. Consultor económico, especialista en mercadeo y comunicación política. Impulsor de programas de reciclaje, proyectos socioproductivos y negocios inclusivos en Argentina y Costa Rica.