Certificaciones Ambientales: los beneficios del proceso

Certificaciones Ambientales

Hace algunas semanas un alto funcionario de una Embajada comentaba en un foro sobre medio ambiente que su país planeaba implementar nuevos requisitos “verdes” a empresas importadoras a partir de 2014. Traducido, desde el próximo año todas aquellas empresas que quieran exportar productos o emprender negocios con organizaciones de ese país deberán cumplir con requisitos internacionales de calidad y sostenibilidad. Esta tendencia en auge no es sino una respuesta gubernamental concreta a las demandas de consumidores y grupos de interés, cada vez más preocupados por el origen de los productos y el impacto asociado a su producción en los países de origen.

Sin embargo, curiosamente, ninguno de los emprendedores que se encontraba en el evento se atrevió a indagar al menos directamente, que certificaciones específicas se adecúan a estos requerimientos. Por el contrario, las dudas y comentarios estuvieron dirigidos a la dificultad de cuantificar el ROI resultante de la implementación de SGMA o el alto costo que conlleva el uso y adopción de energías alternativas, entre otros.

El escenario definitivamente no cambia. Aparentemente sigue siendo muy difícil para algunos empresarios entender que la sostenibilidad, la RSE y las acciones verdes (carbono neutral, energías alternativas, etc.) no son ejercicios voluntarios filantrópicos sino ante todo, verdaderas herramientas de gestión. Y como toda herramienta, bien manipulada, puede ser de gran utilidad e incidir desde la mejora en la eficiencia de mecanismos de producción hasta el replanteo de decisiones estratégicas.

Pero ¿existen beneficios directos? ¿cómo el proceso de implementar y luego certificar un sistema de gestión ambiental, por ejemplo, podría mejorar la competitividad? Aunque parezca lo contrario, estas preguntas siguen siendo estables y comunes en el empresariado debido a la falta de información. Contratar a consultores o capacitadores para comprender estos temas es considerado todavía como un gasto inapropiado y sin ventaja financiera.

Primero es necesario entender que si se planea competir en el plano internacional se deben respetar las reglas del país receptor. Esto significa que ciertas leyes y requisitos no pueden obviarse a la hora de iniciar operaciones de mercado, con el atenuante de que las compañías locales tenderán a relacionarse comercialmente con empresas que cumplan al menos, ciertos requerimientos “verdes”. Las certificaciones internacionales ISO son en este aspecto la mejor carta de recomendación para impulsar negocios y representan una especie de visa adjunta al pasaporte de las relaciones internacionales en negocios.

Segundo, haber alcanzado certificaciones significa que la empresa cumple con programas comprobables de gestión ambiental, Responsabilidad social o comercio justo, y se rige según las leyes del país donde se encuentran sus operaciones. Por ende acceder a una certificación no es algo simple, ya que implica un compromiso profundo de la gerencia y un esfuerzo económico importante para cumplir con las exigencias previstas por cada caso, presupuestos que evidentemente no todas las empresas o emprendedores pueden ni quieren destinar para este fin, y mucho menos si consideran que no hay retorno en el corto plazo. Entonces: si es relativamente costoso acceder a una certificación internacional y esta no asegura un ROI cortoplacista ¿adonde está la ganancia? La respuesta es simple: en el proceso.

Lo que muchos empresarios lamentablemente no ven es que alcanzar una certificación verde implica una serie de pasos de mejora que contemplan medidas que van desde la eficiencia operacional hasta el rediseño de procesos productivos que además suelen impulsar la innovación. Como en una escalera, cada peldaño que se logra subir hacia la certificación es un avance importante que puede permitir a la organización disminuir sus costos energéticos o ahorrar insumos al mejorar su gestión. La optimización de los recursos y su manejo adecuado pueden significar igualmente ahorros importantes que no siempre son tenidos en cuenta.

Como es de suponer estos beneficios bien dirigidos pueden otorgarle a la compañía ventajas competitivas. Apuntar a convertirse en carbono neutral implica por ejemplo inventariar exhaustivamente todos los procesos susceptibles de producir emisiones, lo que permite identificar y corregir mecanismos defectuosos o proyectar rutas más eficientes de abastecimiento, entre otras. Es decir, en el proceso para alcanzar una certificación verde (voluntaria o necesaria) se pueden mejorar numerosas variables en el camino.

El fin de implementar un SGMA, un programa de carbono neutral o cumplir con ciertas normas de calidad (a no ser que sea una obligación para penetrar en otros mercados), no es conseguir la certificación sino optimizar el uso y manipulación de los recursos con el menor impacto ambiental posible. Los beneficios no son solo ambientales o de valor agregado de la imagen, las ganancias son tangibles y se reflejan en cada área de la empresa siempre y cuando cuente con buenos indicadores o elementos de comparación y seguimiento. A no olvidar que ser sostenible no es una opción ni un acto filantrópico, ser sostenible es una necesidad y sobre todo una herramienta para ganar en competitividad.

Sobre el Autor: Pablo Fernández S.

Pablo FERNANDEZ S. // Asesor Ejecutivo en Sustentabilidad APRONAD Costa Rica desde 2012 // Biólogo, coordinador y responsable del área de RSE y sustentabilidad, experto en prácticas de desarrollo, responsabilidad social y dirección de proyectos. Impulsor de programas de desarrollo sostenible, conservación y protección del recurso hídrico. Coordinador de alianzas y proyección internacional.